Vivía en una habitación sencilla, común y corriente, resaltaban afiches de la NBA y su foto como recoge pelotas en el ATP de Basilea, donde coincidió con otra leyenda como Jimmy Connors.

A un deportista como Roger Federer se le dedicará un libro de récords en un futuro no muy lejano. El suizo es un tenista maravilloso y un ser humano ejemplar que recientemente agregó una página más a su ilustre carrera, esa misma a la que se le han  incontables trabajos sobre el mítico helvético y sus grandes gestas.

Con su centenaria consagración en el circuito profesional, fueron muchas las estadísticas y trabajos especiales sobre el tenista europeo, dueño de un aura especial desde muy joven y que tuvo uno de sus primeros encuentros con los medios de comunicación un mes enero de 1999, cuando una revista de su país, L’illustré, lo presentó con bombos y platillos en una entrega muy completa que hablaba de aquel chico de Basilea que pintaba para grandes cosas. Afortunadamente se equivocaron. Sí, porque Roger nunca cumplió con lo que se dijo sobre él: fue aún más allá de lo que cualquiera pudo predecir.

A sus 17 años, en 1999, Roger Federer acababa de ser nombrado como el mejor junior del planeta, un título que se ganó con esfuerzo y con base a resultados, lo que puede ser comprobado con sus campeonatos en Wimbledon y el reconocido Orange Bowl. El futuro era muy prometedor para un joven que para aquel entonces era descrito como alegre, sonriente y con amor sin medida por las cotufas y los platillos de chocolate que en Suiza fabricaba la Kellogg’s.

Dueño de un tenis elegante desde la adolescencia, el hijo de Robert y Lynette ya era señalado en su país como la estrella de los próximos años, esa misma etrella que incluso opacaría a un ex tenista y gran representante de Suiza, como Marc Rosset, quien dijo en ese entonces que su coterráneo “tiene las cualidades para convertirse en un gran jugador líder”. Otros, como el capitán de Copa Davis de Suiza hace 20 años, Stefan Oberer, remarcó que Roger “juega mientras respira”. De esta manera, Suiza elevaba al actual campeón de 20 Majors como el “talento de la década”.

Federer no se dejaría consumir por tales elogios y cumpliría con ese augurio, aunque en un principio le haya costado romper el celofán para alzar su primera corona, que llegó en el 2001, en Milán.

Un talento gigante, un enorme futuro

La calma que demuestra Federer en la actualidad lo ha caracterizado desde hace dos décadas. Hablaba sin prisa, tan relajado como si flotara entre nubes de algodón, lo que llevó a compararlo con Rosset, un número uno suizo que era figura para el propio Roger. A pesar de las similitudes, Stefan Oberer fue tajante al diferenciarlos en aquella época: “Son intuitivos, sí; pero Roger es mucho más fuerte que Marc a la misma edad. Él está menos ansioso y sabe lo que quiere. Al final del año, antes de partir para el Orange Bowl, no dudó en anunciar que quería convertirse en el mejor junior. Los americanos lo entendieron. Hace mucho tiempo que no ven un jugador así, dicen. ¡Qué enorme potencial!”, declaró en su momento el capitán de Suiza sobre el tenista que acababa de cerrar la temporada como el mejor del mundo en la categoría junior, siguiendo los pasos de estrellas como Ivan Lendl, Stefan Edberg o Marcelo Ríos.

Lo que más le perturbaba

El pequeño Roger no desaprovechaba lugar para disfrutar con raqueta en mano. Incluso llegó a jugar en las canchas de Ciba, compañía de Basilea donde trabajaba su padre. Federer fue un joven que recibió grandes elogios antes de cumplir la mayoría de edad, algo que no le importó ni lo cambió en su manera de comportarse dentro y fueras de las canchas.

De las gráficas de aquellos tiempos, se destaca un chico con cabello rebelde que vivía en una habitación sencilla, común y corriente, pero donde resaltaban sus afiches de la NBA y su foto como recoge pelotas en el ATP de Basilea, donde coincidió con otra leyenda como Jimmy Connors.

Pero, ¿qué perturbaba a este joven en 1999? El estrés. “Lo odio”, confesó Roger a L’illustré. “Si me doy cuenta 5 minutos antes de un partido que mi cuerda no está lo suficientemente apretada, es horrible”, agregó el fanático de Michael Jordan.

Hace 100 títulos 1

Dejar el hogar, lo más duro de su infancia

La determinación es vital cuando se quieren alcanzar sueños. Superar dificultades desde temprana edad marcaron el carácter de un tenista que a los 14 años, y luego de mudarse a Ecublens, donde se ubicaba el Centro Suizo de Tenis, aprendió lo que sería su vida a partir de ese momento. “Al principio tuve una terrible nostalgia. El domingo por la noche, al salir de mi casa, fue difícil”, recordaba Federer sobre aquellos viajes en tren, en los que lloraba recostado sobre su equipaje.

Durante esos dos años Roger vivió bajo el techo de la familia de Jean-François Christinet, quienes lo recibieron como un hijo más y descubrieron un poco más de este “niño extraordinario, natural y espontáneo”. Aunque le costaba irse a la cama y despegarse de ella en las mañanas, la señora Hilare lo recuerda con cariño. “A veces no reaccionaba con el reloj despertador. Tenía que ir a buscarlo. Pero aquí estaba de pie en 5 minutos: ¡nunca había visto a un tipo tan rápido!”, revelaba sobre un chico al que le encantaba jugar al escondite con el hijo de ella, Vincent.

No es de extrañar que Roger, en la actualidad, sea embajador de un fabricante de pastas y de la empresa chocolatera más grande de su país, ya que en aquella época sólo comía dicho platillo. No consumía ni pescado ni carne, aunque sí escondía galletas en las gavetas de su cuarto. “¡Si él ganó, es gracias a las cotufas (copos de maíz)!”, contó Christinet.

Forjar el carácter

Esta experiencia de vida fue moldeando la personalidad del jugador nacido el 8 de agosto de 1981, quien demostró su carácter en Wimbledon, por ejemplo, cuando jugó la primera ronda en una cancha que daba rebotes muy irregulares y en la que tenía que esperar para pegarle a la pelota. “Ya no sabía dónde estaba. En un momento, estaba seguro de que la red era demasiado alta…”, recordó Federer sobre aquel tormento que también lo afectó en el Orange Bowl.  “Además, sufría de un esguince. Mostró un carácter real “, añadió Oberer sobre aquellos difíciles momentos en los que las lágrimas aparecían en el rostro de Federer si perdía un juego muy cerrado.

Hace 20 años ya Federer pasaba su vida en aviones, con todo un mundo por conocer, con toda una vida para aprender. Eso sí: enfocado como pocos en la competencia, en lo que sería su futuro. El suizo es un disciplinado campeón que hoy día sigue disfrutando como aquel niño que recogió pelotas para Martina Hingis en Basilea.

Cien títulos después, afortunadamente aún no sabemos dónde o cuándo se detendrá.

Edición: Anthony Abellás (@AnthonyAbellas)

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