El tenis y el Vaticano tienen muchas historias en común. Hombres encargados de llevar el Evangelio también han demostrado habilidad en el rectángulo jugando o impartiendo las reglas de juego.

El deporte, al igual que la música, ha logrado traspasar fronteras y son innumerables la cantidad de organizaciones públicas y privadas, así como gobiernos enteros, que le han dado carácter constitucional a su desarrollo. Por ejemplo, no se puede obviar el peso y la estrecha relación que guarda el tenis con la Santa Sede del Vaticano.

En el recorrer de los años se puede apreciar el acercamiento que ha tenido la religión con el deporte, atletas que ibremente han manifestado su condición espiritual, sexual o política, guardando siempre el respeto por la diversidad de opinión. La Santa Sede, en Roma, guarda cercanía sostenida con el deporte, y el tenis, junto con el fútbol, son sus principales cartas de presentación en esta materia.

Desde hace mucho tiempo se ha conocido la práctica de esta disciplina deportiva dentro de la iglesia que tuvo en San Pedro a su primer Papa. Dentro de sus paredes se practica el tenis y desde la década de los 70 sus canchas volvieron a ser abiertas.

El tenis y el Vaticano tienen muchas historias en común. Hombres encargados de llevar el Evangelio también han demostrado habilidad en el rectángulo jugando o impartiendo las reglas de juego. Muchos pueden creer que la vida de los sacerdotes sólo se basa en rezar, pero en diversas oportunidades cuelgan la sotana para ponerse sus atuendos deportivos y sudar la camiseta en una cancha ante sus adversarios. Dentro de la Ciudad del Vaticano, detrás de los muros donde pocos logran entrar, existe espacio para el deporte.

Monseñor Francisco Javier Lozano, Arzobispo de Peñafiel en Valladolid, España, y Nuncio Apostólico, es conocedor del camino que lleva a la cancha de tenis, ese espacio en donde pasó agradables momentos con la raqueta.

En sus memorias, Monseñor Lozano cuenta su principal capítulo en el tenis, el cual ocurrió el 26 de junio de 1986, cuando se llevó a cabo la final del torneo de tenis en el Vaticano. Fue una competencia de singles masculino, en la categoría Senior, en donde los participantes eran los funcionarios del Vaticano y en la categoría para los más jóvenes, la Junior, jugaron los hijos de los empleados. El que haya habido una competición deportiva entre empleados de cualquier organismo público o privado no llama la atención; pero, en este caso, que la haya ganado un Arzobispo no es común.

En aquel año y con un sólido 6-4, 6-3, el segoviano Monseñor Javier Lozano venció a Monseñor Faustino Sainz Muñoz en el torneo más conocido dentro de los muros del Vaticano. A Lozano le fue a entregar la copa ni más ni menos que el gran Nicola Pietrangeli, considerado para muchos el mejor tenista italiano de todos los tiempos al ganar dos de las cuatro finales de Roland Garros que le tocó disputar, algo que nunca se había visto en el Estado más pequeño del mundo.

“Todavía queda una cancha de tenis, en donde se celebraban aquellos torneos, y en la que personalidades eclesiásticas y del mundo del deporte pasaban momentos emocionantes; pero ya no hay quien impulse con más fuerza este deporte dentro del Vaticano y una parte de la única cancha que queda está ocupada por las carpas que se utilizan para el arreglo de los jardines. Cuando se hizo la obra de los Museos Vaticanos -aclara-, hubo que prescindir de algunos espacios que antiguamente utilizábamos para hacer deporte”, explica Lozano.

De la misma manera indica que, con la restauración de los jardines del Vaticano en 1977, el tenis vuelve a tomar su sitial. Justo al año siguiente se organizó el Torneo de la Amistad, cuyo vencedor fue Giovanni Battista, años más tarde convertido en cardenal. El segundo puesto fue para el también cardenal Roberto Tucci, y el tercer lugar se lo llevó el guardia suizo Peter Hasler. Para los siguientes torneos, fueron llamados al juego los empleados de la Santa Sede. Este evento se dejó de celebrar años después, pero en el 2008 volvieron a realizarse torneos por iniciativa de los empleados de los Museos Vaticanos. La cancha de tenis del Vaticano, por cierto, se encuentra en el cruce de Vía le Vaticano y Vía Leone IV.

Otra historia data de diciembre de 1965, fecha que quedó marcada en la vida del padre Fernando Barrufet. En 1965, luego de participar en la Cuarta Sesión del Concilio Vaticano II, el obispo Jaime de Nevares, antes de volver a Neuquén, Argentina, decidió pasar unos días en Valencia, España. Por aquel entonces, el cura salesiano Barrufet trabajaba como profesor, y una de sus grandes pasiones era jugar al tenis. En una de esas tardes, las voces de los improvisados tenistas llamaron la atención de don Jaime, quien se asomó por la ventana de su pieza, ubicada en un segundo piso, y se propuso sumarse al juego.

“Después de algunas bromas, le pidió la raqueta a mi compañero. En un momento del juego don Jaime sacó con fuerza. Por pura casualidad le acerté a la pelota, que pasó alta sobre la red y picó casi en la raya, y De Nevares quiso contestarla con tan mala suerte que, en un medio giro que dio, se le rompió la bolsa sinovial y su rodilla comenzó a hincharse de inmediato”, cuenta Barrufet en la parroquia San José, en San Martín de los Andes, Argentina, donde cumple funciones de párroco.

También se puede recordar el capítulo del año 2013: un sacerdote católico nacido en Nigeria cumplió funciones como juez de silla en el Abierto de los Estados Unidos. Sus jugadores preferidos fueron Jimmy Connors, John McEnroe y Chris Evert. El padre Paul Arinze estuvo a tiempo parcial en este evento, pero cumple totalmente con su iglesia en Wisconsil, en la Parroquia de San José de Dodgeville. Arinze ascendió en el escalafón de la ATP y ha dirigido varios torneos en los Estados Unidos, así como en Wimbledon.

Otro hecho notorio en el tenis ocurrió también en el 2013, cuando el tenista argentino Juan Martín del Potro, quien participaba en el Masters 1000 de Roma, le obsequió una de sus raquetas al Papa Francisco y le pidió que le bendijera un rosario. “Pude conocer y hablar con el Papa Francisco en el Vaticano. Fue un momento único para mí, jamás lo olvidaré”.

No cabe la menor duda de que el Vaticano mantiene un estrecho lazo con el mundo deportivo y en particular con el tenis, que es de los deportes preferidos por los hombres que visten de sotana. Ojalá momentos como estos se sigan viviendo en la Santa Sede.

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